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Hombres violentados sexualmente en el conflicto armado hablan por primera vez

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Por amenazas y miedo a poner en tela de juicio su hombría, los hombres víctimas de este delito han callado durante años. Para romper el silencio, 30 de ellos se reunieron con la Fiscalía de la JEP para buscar verdad y justicia.

 

 

 

Alrededor del fuego y a orillas de una laguna, un círculo de hombres puso el dolor en palabras. Y sus palabras las pusieron en papeles. Y los papeles los vieron arder en una hoguera pequeña, con la esperanza de que se consumiera lo que sí los consume a ellos: los recuerdos. En su memoria están hechos que sucedieron hace tres o treinta años y de los que apenas están siendo capaces de hablar.

 

Eran treinta hombres, todos distintos: jóvenes, mayores, negros, indígenas, blancos, en condición de discapacidad, heterosexuales y gais. También iban desde distintos departamentos y regiones: Magdalena, Urabá, Chocó, Valle, Cauca, Putumayo y otros tantos. Este grupo, en el que pocos se conocían entre sí, viajó hasta Paipa (Boyacá) para reunirse con la Unidad de Investigación y Acusación de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la Red de Mujeres Víctimas y Profesionales y un equipo de atención emocional para hablar sobre un tema del que poco se sabe: la violencia sexual que los actores armados ejercieron contra otros hombres durante el conflicto armado interno. Es la primera vez que hombres víctimas de este delito se reúnen para contar sus historias.

 

Al principio, cuando recién comenzaba el taller, todos ellos estaban sentados en “u”. No hablaban mucho, no se conocían, pero sabían que a todos les había pasado lo mismo. Entonces, un profesional del equipo de atención emocional los convocó al centro, de pie. Primero un círculo de energía, luego un ejercicio de memoria y reconocimiento de los otros, del nombre de cada uno, así como ejercicios físicos suaves, abrazos, saludos y aplausos. Entonces, entre risas, se volvieron a sentar para escuchar el primer taller que se había planeado para ellos: nuevas masculinidades.

 

Los hombres ahí presentes en su mayoría eran heterosexuales, muchos tenían hijos, estaban casados y cuando se les preguntaba qué era ser hombres, venía la respuesta basada en la crianza: un tipo fuerte, al que le gustan las mujeres, que provee su hogar, que trabaja mientras su esposa es ama de casa y cría a sus hijos. Un hombre que no llora, que se inició en el sexo a muy temprana edad, que es machista. Y salieron recuerdos violentos, como un padre borracho apuntándole con un arma a una madre.

 

Mientras ellos reconocían qué pensaban que era un hombre, hacia adentro empezaron a sentir el contraste con lo que les pasó. Los violaron, los golpearon, los hicieron llorar, se sintieron tristes, se sintieron solos, vulnerables y no quisieron o no pudieron estar más con una mujer porque los recuerdos de su cuerpo no se los permitían. Y aun así no dejaron de ser hombres. “Mis hijos siempre han visto en mí a un papá, no a una persona a la que le ha pasado esto”, dijo uno refiriéndose a la violencia sexual y al silencio.

 

Más de la mitad de los hombres presentes en este taller nunca han denunciado el hecho victimizante de violencia sexual. De hecho, según el Registro Único de Víctimas, las cifras para los delitos contra la libertad y la integridad sexual están así: mujeres, 26.555; hombres, 2.140, y personas LGBT, 438. Esas cifras claramente tienen un subregistro que, en hombres, ni siquiera se sabe de cuánto podría ser. Así lo reconoció el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en su informe sobre violencia sexual en el conflicto armado, llamado “La guerra inscrita en el cuerpo”, publicado en 2017: “Para los hombres el silencio es mucho más apabullante. La movilización de los hombres como víctimas de violencia sexual ha sido escasa y poco organizada, lo que contribuye enormemente a que sobre estas personas redunde la desatención y el miedo”.

 

¿Por qué no hablan?

 

Las secuelas físicas y psicológicas de este delito son mayúsculas, y a ellas se suma el peso de la masculinidad, que, según creen, se puede romper ante quienes los conocen si saben que otro hombre los violentó sexualmente. Y tal como pasa con las mujeres, el delito de violencia sexual es un crimen que avergüenza y cuestiona a la víctima y no al victimario. La justicia y los cercanos hacen preguntas que culpan a la víctima. Así, las vidas de las víctimas pueden correr peligro si hablan de lo que les hicieron. Es ese círculo de silencio y victimización el que quiere romper, por ejemplo, José*, un joven líder de 25 años quien en 2016 fue amenazado, secuestrado, torturado, violentado sexualmente y desplazado.

 

José vivía en un municipio del Valle, en el que se desempeñaba como líder de jóvenes, trabajaba por la recreación y el deporte. Tenía su casa, vivía con su novia y trabajaba para pagar el estudio de ambos. Como era un líder visible, un actor armado, que él identifica como milicias urbanas de las Farc, empezaron a pedirle “favores”. Lleve esto aquí, mande este mensaje. Y luego, temas mayores: “Lo que ellos querían era que yo reclutara jóvenes y yo no quería eso. Entonces recibí azotes, me pegaron y muchas otras cosas”. Y le siguieron cobrando vacunas, amenazando con violar a su pareja. “Gracias a Dios no le tocó vivir eso a ella, pero me tocó vivirlo a mí. De pura maldad”, dice, pues lograron que ella se fuera del hogar antes de que todo pasara.

 

A él lo retuvieron en su propia casa, lo robaron y durante quince días ejercieron contra él toda la violencia y la sevicia que quisieron, incluida la sexual. José se pudo volar, se fue con su novia para Cali, a empezar de cero. Pero la vida no fue fácil, nunca más ha sido lo mismo.

“He tenido que sufrir muchas cosas, no he podido socializar como antes. Llegó un momento en el que no podía ejercer mi profesión porque tenía muchos problemas emocionales. De pronto por hablarle a un niño de cosas que uno pasó… entonces entraba en ese llanto y me tocaba dejar las clases por meses. Tenía temores de cosas, creo que me va a pasar algo, persecuciones. Y yo no tengo mucho apoyo en Cali. Tuve que dejar a mi pareja porque ya no puedo estar con ella por el hecho de violencia sexual. Me da temor estar en un espacio con mucha gente. ¿Un ascensor lleno de personas? ¡Ay! Si hay mujeres y hombres, bien, pero si hay mucho hombre entro como en un estado de alerta. Me pongo agresivo, una especie de psicosis”.

 

Y a esto se suman las barreras en la justicia y la persistencia de los actores armados. “Al declarar en Cali me encuentro que en la Uariv (Unidad para las Víctimas) hay gente que conoce, que estaban aliados a estos grupos delincuenciales y fueron a buscarme hasta mi casa. Y me tocó por segunda vez tener que dejar mi casa, mis cositas”, dice José, quien declaró otros hechos victimizantes, no la violencia sexual.

Jesús Mario Corrales, coordinador de la Mesa Departamental de Víctimas del Valle del Cauca, habla de la violencia sexual como una “tortura permanente”. Él sufrió este hecho por parte de la guerrilla de las Farc y, luego, por parte de los paramilitares a finales de los años 90. En 2004 conformó la Fundación Nuevo Amanecer, que trabaja atendiendo y asesorando a víctimas del conflicto. Corrales fue el único que quiso hablar sin esconder su nombre ni su rostro. Incluso, el único que se atreve a nombrarlo, a decir: fui víctima de violencia sexual. Pero para llegar a ese punto ha tenido que recorrer un camino largo y doloroso.

 

“Créame que hablar del tema, como hombre, da vergüenza porque vivimos en un país que es machista y donde desde niños a los hombres nos enseñaron que el hombre solamente era para una mujer y que el hombre que se deja tocar de otro hombre será lo más ruin, lo más bajo”, dice. Y él reconoce que solo ha sido posible de la mano de las mujeres que ya están organizadas y llevan años hablando del tema.

 

¿Cómo se sana?

 

El taller al que fueron convocados los hombres tenía como objetivo que conocieran cómo funciona la justicia transicional y cómo se garantizan sus derechos, así como entender las consecuencias de este crimen.Esto último no era posible si ellos no hablaban. Al final del primer día de taller, el equipo de atención emocional les pidió que escribieran en un papel lo que ellos querían sacarse y así empezar el camino del perdón. Hubo sentimientos encontrados. Mientras unos deseaban escribir y, por fin, decir qué les había pasado. Otros se negaban, especialmente, a la posibilidad del perdón.

 

Finalmente, casi todos participaron, y en un gran campo de pasto hicieron un círculo. Hubo llanto, alaridos, abrazos y mucho dolor. A Martín*, un hombre de mediana edad del Valle del Cauca, que estuvo por acabar con su vida la semana anterior, le sirvió para tomar una decisión: por fin le contaría a su esposa, veinte años después, lo que le hicieron.

Cada uno sana como puede, sin embargo, no se trata de actos simbólicos y necesidad de perdón. Los hombres víctimas de violencia sexual deben ser reconocidos y escuchados. Ellos están dispuestos a hablar porque, como dijo uno al finalizar el segundo día del encuentro, “si las mujeres han sido capaces de levantar su voz y decir ‘no más’, ¿por qué nosotros no? Con el silencio de pronto estamos dejando que esto les pase a otros hombres y niños”.

 

*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las víctimas.

 

Puede leer la nota desde el portal del Espectador en el siguiente link

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