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Las mujeres que participaron en la construcción de las placas hechas con la fundición de las armas entregadas por las Farc, y que constituyen el piso de Fragmentos, cuentan cómo esa experiencia les devolvió la dignidad.

El efecto más contundente que la violencia sexual dejó en nosotras ha sido desde siempre el silencio, y junto a él la vergüenza: “Vergüenza de mí, de mi cuerpo, de mi historia”. Nos daba miedo que alguien se enterara de la cosa tan horrible que nos había sucedido. Esa vergüenza y ese miedo nos hicieron callar por muchos años. Creíamos que eso era lo mejor. Que así teníamos que vivir, cargar con esa marca, con esa herida.

Pocas veces nos preguntamos “¿Deberíamos contar nuestra historia?”. Y cuando eso sucedía, nosotras respondíamos siempre con un contundente “No”. Con el pasar del tiempo, luego de procesos y encuentros con otras mujeres –que al igual que nosotras cargaban esa cruz, la de ese crimen atroz–, empezamos a darnos cuenta de que no teníamos que sentir culpa ni vergüenza y la respuesta empezó a cambiar a un “Sí, quiero que se sepa mi historia”. No lo supimos en ese momento, pero al permitirnos hablar, estábamos permitiéndonos sanar.

 

Nidia Córtes Parra                             

 

Escuchar los sonidos de los martillos al golpear los moldes de metal y sentir el cansancio de nuestras manos al realizar repetitivamente esta acción fueron ejercicios que representaron para nosotras un proceso de catarsis, de liberación, durante el que experimentamos también sentimientos encontrados como rabia y dolor. Al revivir nuestras experiencias dolorosas, sin embargo, también nos abordaron los sentimientos de esperanza y dignidad porque éramos conscientes del lugar donde estábamos paradas.

Tras ese proceso de reconstrucción personal, logramos crear una obra colectiva para el mundo, donde comprendimos el valor de lo que realmente estábamos haciendo: destruyendo las armas que tanto daño nos hicieron, no solo a nosotras sino a toda Colombia, por más de 53 años.

 

Gracias al contramonumento Fragmentos, nosotras vamos a estar paradas encima de las armas, y no las armas encima de nosotras. Cada martillazo en los moldes nos permitió hacer una analogía con nuestras experiencias personales. Para muchas de nosotras, las rayas que quedaron en las láminas de metal significan las cicatrices que nos dejó el conflicto. Los sonidos del martilleo nos hacían recordar el sonido de las armas y el dolor en nuestras manos nos hacía pensar en el dolor que sentimos en ese momento. Sin embargo, todas en una sola voz o pensamiento compartido coincidimos en que ¡fue mayor el dolor de la guerra!

 

Para nosotras como mujeres víctimas de violencia sexual, el proceso de paz permitió silenciar esos fusiles y Fragmentos logró incorporar una mirada de género, tal como quedó pactado en el Acuerdo de Paz. Esto implica una oportunidad real para que las mujeres tengamos participación en espacios como este, en el que a través del arte contamos cada una de nuestras historias personales y, a su vez, las de miles de víctimas que dejó el conflicto armado. Ahora somos actoras políticas.

 

“GRACIAS AL CONTRAMONUMENTO FRAGMENTOS, NOSOTRAS VAMOS A ESTAR PARADAS ENCIMA DE LAS ARMAS, Y NO LAS ARMAS ENCIMA DE NOSOTRAS”.

 

Participar en la elaboración de esta obra de arte también nos permitió romper estereotipos clasistas que se tienen respecto al lugar de las “mujeres populares” en estos espacios.

 

También consideramos muy importante el concepto de “contramonumento” que usó la artista Doris Salcedo, porque ella no buscó glorificar las armas ni a los actores de la guerra, sino a nosotras, las víctimas, como eje central del Acuerdo de Paz.

Nos sentimos muy orgullosas y agradecemos profundamente que hayan sido nuestras manos y nuestras voces como víctimas de violencia sexual las que puedan expresarse allí. La obra refleja la injusticia testimonial que con frecuencia las mujeres víctimas de violencia sexual sufrimos solo por el hecho de ser mujeres, campesinas, negras o indígenas, bajo el supuesto de que nuestra palabra no es importante o no tiene valor.

 

Hicimos historia y vamos a defender la obra como parte de nuestra reparación simbólica y la implementación del Acuerdo de Paz y su enfoque de género, para que continuemos empoderándonos y luchando por una vida libre de violencia contra la mujer.

 

El proceso es nuestra oportunidad como mujeres para avanzar en la construcción de la tan anhelada equidad. Hemos sido las mujeres las que hemos cargado con el dolor, y este se ha convertido en una gran fortaleza desde que logramos entender y convencernos de que no fuimos culpables y, de esa manera, ayudar a muchas mujeres con nuestra voz y ejemplo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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